Durante muchos años hubo una caja de plástico que me acompañó de mudanza en mudanza. Dentro de ella había decenas de cassettes. Eran mis demos, grabaciones caseras que conservaban mis primeros intentos como compositor. Durante mucho tiempo pensé que sólo eran eso: viejas cintas acumulando polvo.
Nunca logré que un artista grabara mis canciones.
Tal vez porque nunca tuve los recursos para producirlas en un estudio profesional. Tal vez porque yo nunca fui un gran cantante. O quizá porque la vida simplemente siguió su curso.
Lo que sí tuve fue la fortuna de encontrar amigos extraordinarios que prestaron su voz para cantar mis letras. Ellos hicieron posibles aquellas primeras grabaciones y hoy, al volver a escucharlas, siguen siendo parte inseparable de esos recuerdos.
Con el tiempo entendí que aquellas no eran únicamente canciones.
Eran mi manera de intentar comprender el amor.
Cada letra era una pregunta. Cada melodía era una duda. Cada demo era un capítulo de la búsqueda de un joven que quería descubrir si el amor era el destino o simplemente el camino para llegar a la felicidad.
Entre 1983 y 1997 escribí la mayor parte de estas canciones.
La última la escribí para la mujer que hoy es mi esposa y con quien llevo más de treinta años compartiendo la vida.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Dejé de escribir.
Dejé de producir.
Dejé de buscar cantantes.
Dejé de tocar la puerta de editoras y compañías.
Simplemente… dejé de hacerlo.
Nunca tuve una explicación clara. Quizá porque la búsqueda había terminado. Quizá porque, sin darme cuenta, había encontrado aquello que durante tantos años intenté describir en mis canciones.
Tres décadas después, la tecnología volvió a abrir aquella caja.
Un sencillo convertidor de cassettes a USB rescató grabaciones que creía perdidas. Después apareció la inteligencia artificial, no para cambiar mis canciones, sino para devolverles claridad. Las letras siguen siendo las mismas. Las melodías son las mismas. Los arreglos respetan la intención con la que fueron concebidos hace más de treinta años.
Pero ocurrió algo que jamás imaginé.
Las nuevas voces siguen recordándome a aquellos amigos y amigas que un día aceptaron cantar mis composiciones. Cada canción se convirtió nuevamente en un recuerdo. En una conversación con el pasado.
Este Songbook no intenta demostrar que fui un gran compositor ni recuperar una carrera que nunca ocurrió.
Es, simplemente, el reencuentro con el joven que fui.
Un viaje por las canciones que escribí cuando todavía intentaba entender el amor.
Cada una tiene una historia. Cada una pertenece a un momento de mi vida. Algunas nacieron de ilusiones; otras, de despedidas, preguntas o esperanzas.
Hoy las comparto porque entendí que esas canciones también cuentan mi historia.
Y, sobre todo, porque aprendí que aquel joven que buscaba el amor terminó encontrándolo.
Quizá esa sea la razón por la que dejé de escribir canciones.
La última mujer a la que le escribí una fue, irónicamente, quien puso punto final a mi etapa como compositor.
No porque acabara la música.
Sino porque había terminado la búsqueda.
Bienvenido a este viaje.
Bienvenido a mi Songbook.

